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El cisma anglicano 
El camino de Enrique VIII, de defensor de la fe a tirano cismático


En la época en que Lutero inauguraba su "reforma" en Alemania, reinaba en Inglaterra Enrique VIII. Este príncipe, lleno de celo por la religión católica, había escrito contra la herejía un libro, que le valió de parte de León X, en 1521, el título de defensor de la fe. Pero, arrastrado por las pasiones, Enrique VIII no dejó a la historia más que el recuerdo de su lujuria, de su tiranía y de sus crueldades.

Después de veinte años de matrimonio con Catalina de Aragón, solicitó de la corte de Roma el divorcio para poder contraer matrimonio con Ana Bolena, de la que se había enamorado perdidamente. El Papa Clemente VII se opuso a las pretensiones del monarca, amonestándole paternalmente al principio y amenazándole después con la excomunión. El rey, obedeciendo, por una parte, a los impulsos de la pasión y, por otra, a las pérfidas instigaciones de su canciller Tomás Cromwell, se atrevió a usurpar el título de Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra (1532).

Consecuente con tal determinación, declaró nulas las censuras de la Santa Sede, e hizo sancionar su nuevo enlace con su concubina por un indigno capellán Cramner, a quien él mismo había nombrado obispo de Canterbury.

El cisma se había introducido en el reino. Los obispos ingleses se mostraron débiles y tímidos; el Parlamento aprobó la apostasía del soberano. Inmediatamente se dictaron decretos de confiscación. Más de cuatrocientos monasterios fueron clausurados y sus bienes entregados a los lores. La prisión, el destierro y la muerte fueron el premio de los que se mantuvieron fieles a Dios y a su Iglesia. Entre las víctimas de esta persecución, se cuentan veintiún obispos, quinientos sacerdotes y setenta y dos mil fieles. Los dos mártires más ilustres son el cardenal Fisher y el canciller Tomás Moro (hoy Santo).

Enrique VIII trae a la memoria el recuerdo de los más odiosos tiranos de la Roma pagana. Se casó seis veces, repudió dos esposas y mandó otras dos al cadalso.

Cuéntase que antes de expirar, el 29 de Enero de 1547, dijo a sus cortesanos: "Lo hemos perdido todo: el trono, el alma y el cielo".

A pesar de todo, Enrique VIII no pretendía otra cosa que librarse del Papa: inauguró el cisma sin querer implantar la herejía. El calvinismo fue introducido en Inglaterra, durante la menor edad de Eduardo VI, por Cramner; bajo el reinado de la cruel Isabel, asesina de María Estuardo, el calvinismo, apoyado y sostenido por el verdugo, se convirtió en religión del Estado, llamada religión anglicana (1571).

He aquí a otros fundadores del protestantismo, a quienes junto con los demás, juzga un célebre protestante, Cobbet, en los siguientes términos: "Puede que jamás haya visto el mundo en un mismo siglo, una cáfila de miserables y de canallas como la formada por Lutero, Calvino, Zwinglio, Beza y los otros corifeos de la Reforma. El único punto de doctrina en que todos ellos estaban de acuerdo era la inutilidad de las buenas obras, y su vida sirve para probar la sinceridad con que habían abrazado este principio" (Cobbet, Historia de la Reforma, VII).

El protestantismo cubrió el suelo de Europa de sangre y de ruinas. En Alemania encendió la guerra civil y armó el brazo de los campesinos, que Lutero hizo exterminar después por los nobles. En Inglaterra suscitó las mismas luchas religiosas: con la reina Isabel hizo pasar por la más terrible de las persecuciones a la antigua Isla de los Santos, llevándolo todo a sangre y fuego. Francia fue teatro de guerras sangrientas promovidas por los desórdenes de los Hugonotes, es decir, Confederados, que intentaban implantar la herejía por las armas, degollaban sacerdotes e incendiaban iglesias y aldeas. "No, decía Leibnitz, todas las lágrimas de los hombres no bastarían para llorar el gran cisma del siglo XVI".

La memoria en lo malo del pasado, en la que tanto hincapié se hace en la actualidad, tiende a olvidar determinados párrafos de la historia...

Los modernos seguidores de esta clase de gente ¿nos exigen que pidamos disculpas? Disculparnos, si es cierta alguna acusación, está muy bien, pero una vez más, surge la inevitable pregunta... ¿y a nosotros cuándo nos van a pedir disculpas por horrores tan grandes como los citados? A no ser que alguien pueda negar argumentadamente que los hechos recién relatados son apenas un pálido reflejo de todo lo que entonces acaeció.








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